¡¡ GRACIAS !!

Cuando era niño y empezaba a dar mis primeros pasos con túnica recuerdo que mi madre, entre ralladura de limón y olor a canela y roscos de vino, me contaba casi a modo de cuento como vivía ella la Cuaresma y los días de Semana Santa en su niñez. Me contaba que la gente llegaba los Martes Santos del campo y sin tiempo a un mínimo aseo acompañaban a la Santa Cena, de ahí la procesión “de los cuellos sucios”. También me contaba como el Señor del Huerto paseaba su pueblo debajo de un naranjo, y como el Nazareno, acompañado de María Magdalena, la Verónica, San Juan y María Santísima de los Dolores, bendecía los campos después del Sermón del Paso.

Por aquellos entonces yo ya iba de la mano de mi hermano mayor a montar los pasos y repartir la cera de la Hermandad del Nazareno. Mi madre me contó también que al igual que yo iba con mi hermano, ella fue de la mano de su abuela Eulogia a vestir a Nuestra Señora de las Angustias. Y que un Viernes Santo rompió a llover cuando la Hermandad del Santo Entierro procesionaba y mi bisabuela, que acompañaba a la Virgen se quitó su ropa de abrigo para protegerle el manto.

Otra anécdota que recuerdo de boca de mi madre, y que a su vez le contó su abuela, dice que su bisabuela Dolores, mujer de mando y de gran devoción a Nuestra Señora de las Angustias, hizo vender una “piara” de cabras que tenía el bisabuelo, que por el contrario era despegado de los asuntos sacros. Con el dinero de la venta se fue al Convento de La Rambla e hizo confeccionar un manto para su Virgen.

Igualmente que por la materna, la rama paterna también ha crecido en devoción a la Virgen de las Angustias, llegando ésta hasta la generación actual, mis hermanos mayores y la mayoría de mis tíos y primos son hermanos del Santo Entierro.

Los caprichos del destino han hecho que desde hace 21 Semanas Santas acompañe ininterrumpidamente a las Imágenes de la hermandad del Nazareno. He tenido el privilegio de ser costalero del Señor de la Sentencia de la Parroquia de San Nicolás de la Villa de Córdoba durante 3 años. Esta Semana Santa ha sido la segunda que he caminado por la calles de la capital bajo el manto de María Santísima de Gracia y Amparo, de la Hermandad de la Sentencia, y la primera vez en el paso de la Borriquita de La Rambla.

En el año 2004 viví uno de los momentos más emocionantes de mi vida cofrade. Aquella Semana Santa no la olvidaremos muchos cofrades montalbeños. Fue la primera vez que Jesús Nazareno y su Madre de los Dolores no pasearon su pueblo y en la que la Hermandad del Santo Entierro tuvo que volver a la parroquia poco después de salir a la calle. Al día siguiente de estos sucesos, un grupo de jóvenes costaleros, pertenecientes a las cuadrillas que no hicieron Estación de Penitencia el día anterior fueron al vecino pueblo de La Rambla a procesionar a la Virgen de la Soledad, trayendo para nuestro pueblo palabras de elogio y gratitud. Hecho éste que me hace recordar el nacimiento de la cuadrilla de costaleros de la Virgen de las Angustias, cuando un grupo de costaleros rambleños la pasearon sobre sus hombros. Al año siguiente nació la primera cuadrilla de costaleros de nuestro pueblo: la de la Virgen de las Angustias.

Este año precisamente esta cuadrilla ha vivido el XX aniversario de su fundación. Que mejor ocasión para quitarme una espina que tenía clavada y saldar una cuenta pendiente que tenía con mis antepasados y conmigo mismo. Era algo que he querido hacer desde hace tiempo, pero nunca me decidí.

Esta Semana Santa, la del aniversario, la que la Virgen quiso salir por la tarde para ver mejor las caras de sus hijos montalbeños, he tenido la suerte de acompañarla desde el lugar más privilegiado de todos: en sus trabajaderas.

Al igual que mi madre me contó una vez aquellas historias de su niñez, de su abuela, de su bisabuela… algún día espero poder contar a mis hijos y nietos como el Sábado Santo del año 2006, cuando el Sol estaba a punto de ponerse, la Virgen de las Angustias subió por la estrechez de la calle del Horno en una interminable chicotá y entró en la calle Nueva al son de Caridad del Guadalquivir.

Sólo me queda agradecer al capataz y amigo Agustín Valle y a Alfonso Ruz y, por supuesto, a todos los componentes de la cuadrilla la oportunidad de haber vivido uno de los momentos cofrades más emotivos que jamás podré olvidar. Y a todos ellos desearle salud, fuerza y trabajo para poder cumplir muchos XX aniversarios.

Un fuerte abrazo.

Ángel Luís