Gracias, Gracias. Y eternamente agradecido

Emotiva carta que nos manda nuestro hermano Pedro M. López Gutiérrez.

Desde aquí queremos agradecerle sus palabras y que tanto él como su hija sigan con la misma ilusión cada Viernes Santo.

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A LA HERMANDAD DEL SANTO SEPULCRO Y NTRA. SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS.

Me gustaría compartir el orgullo, la emoción y la satisfacción vivida la noche del Viernes Santo.

Tarde y noche en las que, los recuerdos, los pensamientos y las dudas, se iban amontonando en mi cabeza formando una amalgama de sensaciones indescriptibles.

Lo primero que viene a mi memoria es la tarde de un Viernes Santo de finales de los sesenta, sí,  yo podría contar  con la edad de cuatro o cinco años, y recuerdo que pasando por la puerta de la casa de Eloy Vaquero, de la mano de mi padre camino del Descendimiento me preguntó “Pedro, ¿tu te quieres vestir en la Procesión?” Y mi respuesta casi inmediata fue: “Si papá, yo me quiero vestir en la Procesión, pero cuando sea Hermano”. Si rápida había sido mi respuesta, más rápida fue su actuación, dicho y hecho, nada más llegar a la Parroquia y en los prolegómenos del Descendimiento fui inscrito como Hermano Cofrade.

Desde entonces, recuerdo mi niñez y mi juventud vinculado a la Hermandad. Recuerdo los relatos que nos contaba mi madre sobre la ropa del Sepulcro y su bisabuela Dolores; recuerdo el bajar a la casa de mi bisabuela, que a la postre fue de mi tía Dolores, y no atrevernos a entrar en la “habitación del arca del Señor”, y si acaso asomarnos con mucho respeto y sobre todo con mucho miedo.

Recuerdo a mi abuela Elisa, ¡Ay mi abuela!, con su eterna sonrisa, entre madalenas, roscos de vino y tarareando letras de saetas antiguas de Montalbán. Recuerdo también a mi abuelo Miguel, hombreparco en palabras, aunque todo lo contrario en entrega y generosidad, poco menesteroso con la Iglesia, por no decir nada, pero que cuando nos hablaba del Sepulcro, de la Virgen y de sus antepasados, le cambiaba el tono de voz y hasta los ojos le brillaban de manera especial.

Así fueron pasando los años, formé parte de la Junta de Gobierno de la Cofradía varios años. También fui miembro de la Banda de Tambores y Cornetas de la Cofradía y tuve en gran honor de participar directamente en el Descendimiento de la Cruz.

Por avatares de la vida, y aunque por tradición y devoción a Ntra. Señora de las Angustias pudiera corresponder otra cosa, he formado parte muy activa de la Cofradía de Jesús Nazareno desde mi juventud hasta prácticamente ahora, en distintos cargos y menesteres.

Reconozco que, en esta etapa señalada, dejé de lado a esta Hermandad. Mea Culpa. Y aquí mis primeras gracias, porque tengo que reconocer que siempre que me he acercado me han recibido y me han tratado como si siempre hubiese estado allí, y eso se lo debo a gente como Alfonso Ruz, a Antonio y Amador Gálvez, a Pedro y Agustín Valle, a Manuel y Enrique Triguero, a Juan Márquez, a mi sobrina Ana, al resto de la Junta de Gobierno y como sé que alguien se quedará en el tintero, que me perdone la omisión. A todos ellos GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Hace ahora algo más de dos primaveras, tuvimos la fortuna su madre y yo, de recibir en nuestro hogar a Rocío, nuestra hija. Y siguiendo lo vivido allá por los sesenta, tuvimos la determinación de inscribir a nuestra hija, el mismo día que nació, en la Hermandad del Santo Sepulcro y Ntra. Señora de las Angustias y en la Hermandad del Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia de María Santísima de la Piedad de Aguilar de la Frontera, Hermandad a la que también por tradición, pertenece su madre.

El primer gesto recibido de la Hermandad fue el pasado año en el Triduo en Honor de nuestras Imágenes Titulares donde le impusieron a Rocío la medalla de la Hermandad, detalle que tanto a su madre como a mí, como podéis imaginar nos llenó de orgullo y satisfacción. De nuevo GRACIAS. GRACIAS.

Llegada esta Cuaresma, su madre decide que Rocío, con sus dos añitos, debía comenzar su andadura cofrade participando en alguna Hermandad a la que pertenece, y participa en una, porque desgraciadamente las dos realizan Estación de Penitencia en la tarde-noche del Viernes Santo. Y comienza con los preparativos necesarios para ello.

Por fin llega la tarde del Viernes Santo. Y comenzamos en la casa, el ceremonial de vestir a Rocío con el uniforme de la Hermandad. Mientras yo le pongo la túnica, su madre le explica que vamos a salir con la Virgen, que se tiene que portar bien, y que le rece y que le pida, al igual que le pide al Señor cuando bajamos a visitarlo al Calvario. Y su madre le pregunta: “Rocío, que la vas a pedir a la Virgen” y ella contesta: “Pan”. A lo que yo le replico: “Rocío. Y Vino también”…tiempo tendrá más adelante de saber que es la Consagración. Después de la túnica, el esparto, la medalla y su vela. En ese momento se produce un corto pero profundo silencio, nos miramos su madre y yo, sintiendo gran emoción por la nueva etapa que vamos a compartir con nuestra hija, y acordándome de mi abuela Elisa y de mi abuelo Miguel, sabiendo que estarían orgullosos viendo a su biznieta desde el Balcón del Cielo.

 Y salimos camino a la Parroquia. Llegando a la plaza vemos dos hileras de nazarenos que suben calle Ancha arriba con la banda de música y nos apresuramos a entrar en la Parroquia despidiéndonos de su mamá.

Terminados los preparativos siendo las 22.00 horas en punto, se abren las puertas de la Parroquia y comenzamos la Estación de Penitencia, la primera de Rocío y la primera mía después de muchos años. Al pasar el umbral de la puerta siento nostalgia, por los años que han pasado, siento alegría al llevar de la mano a mi hija, pero sobre todo siento un profundo respeto.

Al llegar a la calle Madre de Dios, el capataz del paso, Agustín, nos llama y nos pide que pasemos delante del paso de la Virgen, y congrega en torno a él, a todos los hermanos pequeños,  seis o siete niños y niñas, y les dedica una levantá, y pide a la Madre de Dios, a esa Madre que acaba de perder a su Hijo en la Cruz, y que al mismo tiempo nos ha acogido a todos como sus hijos,  a Ntra. Señora de las Angustias que cuide de ellos, que los proteja bajo su bendición y su manto y sabe que serán el futuro de la Hermandad. Aquí no caben unas GRACIAS Agustín. Por este gesto te estaré ETERNAMENTE AGRADECIDO.

Continuamos con el recorrido, pero las fuerzas de la pequeña Rocío se van acabando, subiendo la calle Empedrada, ya llevaba la vela arrastrando, y yo le preguntaba: “Rocío nos vamos” y ella me decía: “No con la Virgen y los tambores”.Pero al llegar a lo alto de la calle Nueva no pudo más y se durmió. La cogí en brazos y terminamos la Estación de Penitencia entrando con el resto de la Hermandad en la Parroquia sin perder el sitio. Su primera Estación de Penitencia y la mía, también, después de muchos años.

Pedirle a Ntra. Señora de las Angustias, que me permita acompañar a Rocío en muchas Estaciones de Penitencia.

Sólo me queda por decir que, después de casi 50 años vinculado y viviendo la Semana Santa desde muchos ángulos y desde muchos prismas, jamás, jamás he sentido y jamás me he emocionado como en la Noche de este Viernes Santo 2015.

Por todo ello. GRACIAS, GRACIAS. Y ETERNAMENTE AGRADECIDO.

06-04-2015